A
la espera de la ley que le devolverá el rango de Dirección General, la
Biblioteca Nacional de España lleva tiempo inmersa en una cuidada campaña
propagandística a través de los medios de comunicación. Toda ella va
claramente orientada a cumplir uno de los principales objetivos, y
posiblemente el más apremiante, el que la propia directora denomina
adaptar la BNE a la realidad presupuestaria. En cada una de estas
apariciones, se presenta a la Biblioteca como depositaria
del saber y baluarte de la cultura, con ese aire señorial de su
edificio neoclásico. El mensaje indirecto es siempre el mismo:
patrocinadores, venid a mí, asociad vuestra empresa a la imagen de la
BNE y así la de vuestra marca saldrá reforzada. Es pura estrategia
comercial, de simbiosis, en la que ambas partes se benefician: la
compañía que pone el dinero se cubre, con ello, de la pátina y el
prestigio implícitos en la tricentenaria institución.
El problema de
fondo es que esa codiciada imagen es, en realidad, Photoshop o, en el
mejor de los casos, una foto parcial. Porque, paradójicamente, cuanto
más se oferta en público la BNE como referente de la cultura en español,
en paralelo, más se está deteriorando su situación interna.
Concretamente, las condiciones laborales del personal externo. Los
pliegos de cláusulas administrativas que Ministerio y Biblioteca Nacional sacan a
licitación pública para proyectos de sus distintas secciones condenan
a los subcontratados a sueldos de miseria, equivalentes en la práctica a
la prestación por desempleo, pero con la "ventaja" de que, a cambio de
recibirlo, se trabaja. Para los empleados, es como realizar los llamados
trabajos en beneficio de la comunidad.
